Caballeros de la Virgen

San Luis María Grignion de Montfort

«La Cruz de Jesús y la Madre de Jesús fueron los dos polos de su vida y de su ministerio. Y por eso su vida, tan breve en sí misma, fue a la vez tan plena. Y esa es la razón por la que su ministerio que abarcó únicamente Vendée, Poitou y Bretaña y duró apenas doce breves años, le ha sobrevivido más de dos siglos y se ha extendido por muchos países. Y eso es porque la Sabiduría Divina, esa Sabiduría a cuya guía se había encomendado, hizo fructíferas todas sus labores y coronó todas sus actividades, sólo aparentemente interrumpidas por la muerte. La obra fue enteramente obra de Dios, pero lleva el sello de quien fue su fiel colaborador». Con estas palabras se refería el Papa Pío XII a San Luis María en una alocución a los fieles el día después de haberle canonizado un 20 de julio de 1947.

San Luis María, dijo Pío XII en la homilía de su canonización, «le mostró al mundo el verdadero temple de un sacerdote de Cristo… su vida fue corta, pero fue una vida increíblemente activa y rica en frutos (apostólicos), a pesar de ser singularmente turbulenta».

Por eso quería aprovechar este sermón para destacar tres grandes amores de San Luis María que fueron –a mi modo de ver– los propulsores de esa magnífica obra que Dios se complació en realizar a través de él: el amor a la Cruz, el amor a la Virgen Santísima y el amor por las misiones.

1. Amor a la Cruz
Durante su vida no solo experimentó él mismo la Cruz, tales como fueron las dificultades financieras de su familia en la niñez, su temperamento colérico y su propensión a la violencia que tanto le costaba vencer, el difícil aprendizaje de la vida común en el seminario de San Sulpicio, las grandes dificultades que padeció en los distintos apostolados que emprendió, la incomprensión de sus superiores, obispos, hermanos sacerdotes… sino que esa fue la doctrina que predicó porque entendía que esa era la doctrina de Cristo. En cuantas misiones populares predicaba se presentaba sosteniendo una cruz, y al finalizar la misión plantaba una cruz.

Durante su vida la Éruz se extendía delante de él trazándole el camino y dándole una dimensión y una extensión insospechada a sus combates. Así por ejemplo en una de sus cartas le escribe a Sor Catalina de San Bernardo: «Si conocieras en detalle mis cruces y humillaciones, dudo que tuvieras tantas ansias de verme. En efecto, no puedo llegar a ninguna parte sin hacer partícipes de mi cruz a mis mejores amigos, frecuentemente a pesar mío y a pesar suyo. (Ya que) Todo el que me defiende o se declara en mi favor, tiene que sufrir por ello». Y a esta misma monja le dice en otra carta «tus combates se realizan en ti misma y no se manifiestan fuera de tu comunidad. Los míos, en cambio, explotan por toda Francia».

Esa Cruz, con Jesús Crucificado en ella, fue el motor de su vida. «Estoy desposado con la Sabiduría y con la Cruz», le escribe a su madre, «ellas constituyen todos mis tesoros temporales y eternos, terrenos y celestes». Por eso cuánta fuerza cobran aquí las palabras escritas por carta a Sor Catalina, al punto que parecen que hoy también a nosotros nos dice: «¡Ánimo! … Lleva bien tu Cruz allí donde te encuentras. Yo trataré de llevar bien la mía con la ayuda de la gracia divina. Tú y yo, sin lamentarnos ni quejarnos, sin murmurar ni arrojar lejos la Cruz, sin excusarnos ni llorar como niños».

2. Amor a la Virgen Santísima
El segundo gran amor del Santo y el secreto de su impulso apostólico para ganar almas para Jesucristo fue, sin duda, la devoción a María Santísima. Convencido de que «por medio de la Santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo y también por medio de Ella debe reinar en el mundo», escribió el Tratado de la Verdadera devoción a María. Proponiendo a todos la consagración total a Jesús por María en condición de esclavo total de María, como medio eficacísimo para alcanzar la santidad, siguiendo las huellas de Jesucristo quien se sujetó por completo al encarnarse en su seno.

Más aún, San Luis María entendió la devoción a la Virgen «como el mejor medio y el secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina Sabiduría». Él mismo lo explica cuando escribe: «María es el molde en el cual no falta ni un solo rasgo de la divinidad. Quien se arroje en él y se deje moldear, recibirá todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios». Y agrega: «María es un lugar santo. Es el Santo de los santos, en donde son formados y moldeados los santos».

En ese mismo molde se abandonó el Santo misionero haciendo de la devoción filial a la Virgen la fuente de agua viva que fecundó toda su actividad y la razón de toda su confianza. A ese mismo abandono filial en el regazo de María Santísima invitaba a todos los fieles. La devoción a la Madre de Dios que tan magistralmente expone en su Tratado a la verdadera devoción dice el Santo que contiene «lo que durante tantos años ha enseñado en sus misiones públicas y privadamente con no escaso fruto».

3. Amor por las misiones
Y como quien ama a Jesús y a María no puede permanecer pasivo, podemos afirmar que el tercer gran amor que le permitió canalizar esos dos grandes amores y fue el propagador de la magnífica obra evangelizadora de San Luis María fueron las misiones.

En verdad, este «caminante del Evangelio», decía Juan Pablo II, «inflamado por el amor a Jesús y a su santa Madre, supo llegar a las multitudes y hacerles amar a Cristo Redentor contemplado en la Cruz» dedicándose con gran celo a la predicación de misiones populares. Y aunque «sus obras (terminaron) en aparente fracaso», «fue un misionero de extraordinario resplandor».

San Luis María predicó misiones en al menos 27 ciudades de Francia, fue capellán del Hospital General de Poitiers, aunque luego fue expulsado de esa diócesis, se ofreció entonces al servicio de otro hospital pero también de allí fue despedido y se fue a vivir en un ‘cuartucho’ (en realidad bajo una escalera) en la calle del Pot-de-Fer; fundó la Congregación de las Hijas de la Sabiduría para la obra de las escuelas gratuitas, organizó peregrinaciones, fundó la Compañía de María, fue autor de varios libros y prácticamente en todo tiempo predicó misiones.

Estas son 10 virtudes de la Virgen María que resalta san Luis María Grignion en su libro «Tratado de la Verdadera Devoción». Una de las herramientas más hermosas con las que cuenta un cristiano católico para conocer y ejercitar el amor hacia nuestra Madre.

1. Humildad profunda
2. Fe viva
3. Obediencia ciega
4. Oración continua
5. Mortificación universal
6. Pureza divina
7. Caridad ardiente
8. Paciencia heroica
9. Dulzura angelical
10. Su sabiduría divina

Padre Pío, un hijo de María

El santo capuchino recurrió a la Virgen María durante toda su vida. Se sabe que tuvo apariciones de Jesús y de su ángel de la guarda a temprana edad. Es muy probable que haya tenido contacto con la Virgen María de la misma manera, aunque nunca lo dijo explícitamente.

De hecho, sobre la puerta de la habitación del Padre Pío en San Giovanni Rotondo estaba esta inscripción: «María es la razón de toda mi esperanza».

El Padre Pío confiaba en que siempre tenía la presencia de la Santísima Virgen cerca de él. Ella fue su apoyo en las recurrentes y feroces batallas que libró contra los demonios. Cuando estaba agotado por estos ataques violentos, el Padre Pío siempre decía «Ave María» con mucha gratitud.

Durante la Santa Misa, la Virgen María nunca dejó de respaldar a su devoto hijo, quien revivió la pasión de Jesús durante cada eucaristía; ella siempre permaneció a su lado.

Por ejemplo, el Padre Pío estaba especialmente unido a su Madre, la Santísima Virgen María, durante las persecuciones sufridas por el clero, las cuales le causaron demasiado sufrimiento. Su mayor pena era no poder dispensar los sacramentos a los fieles.

Padre Pío, el «Rosario Viviente»
El Padre Pío permaneció incesantemente unido a su Madre a través del rosario. Este «hilo invisible», decía, conecta nuestros corazones al de María.

El rezo del Rosario era el centro de su relación con el Cielo. Durante una de sus experiencias místicas, Nuestra Señora le reveló al Padre Pío lo siguiente: «Con esta arma ganarás”. De hecho, él nunca dejó de rezar el Rosario y animó a todos sus hijos espirituales a hacer lo mismo, diciéndoles: «Recen el Rosario: récenlo todo el tiempo y tanto como sea posible«, además el los motivaba diciendo: «amen a su Madre y hagan que la amen. Recen siempre el Rosario.”

El mismo Padre Pío fue sanado por Nuestra Señora de Fátima, cuya estatua había recorrido las ciudades italianas. «De una ventana Padre Pio miró el helicóptero volar con los ojos llenos de lágrimas. Con la imagen de Nuestra Señora en vuelo el Padre Pío se lamentó con una confianza que era suya: «Mi Señora, mi Madre, has venido a Italia y me he enfermado, ahora te vas y me dejas enfermo».

Pero cuando el helicóptero estaba dando vueltas, sintió un estremecimiento, una sacudida, a través de su cuerpo. El obispo repitió lo que el padre Pío diría por el resto de su vida: «En ese instante sentí una especie de estremecimiento en mis huesos que me curó inmediatamente». Estaba sano y fuerte como nunca antes en su vida. El padre Pío decía: “La Virgen vino aquí, porque quería curar al padre Pío”.

Declara el padre Alessio Parente: En los últimos años de su vida el padre Pío se hacía lavar la cara por mí o por el padre Honorato. Una tarde le dije: “Padre, yo no he estado nunca en Lourdes, ¿por qué no vamos juntos a ver a la Virgen?”. Y me respondió: “No es necesario que vaya, porque a la Virgen la veo todas las noches”. Yo entonces le sonreí diciendo: “Ah, ¿por esto es que se pone guapo y se lava la cara por la tarde y no por la mañana?”. Y él no respondió, pero sonrió.

En su habitación tenía una imagen grande de la Virgen que colgaba de la pared a los pies de su cama y mirándola se dormía como un niño que espera el beso de su madre antes de dormir.

Según el padre Rosario de Aliminusa, el padre Pío era la personificación de la oración. Era un hombre de oración permanente. En los pasillos del convento siempre estaba con el rosario en la mano y las noches, en que casi no dormía, las pasaba también rezando el rosario.

Afirma el padre Tarsicio Zullo que una vez le preguntó al padre Pío cuántos rosarios rezaba cada día y le dijo: “Si las cosas van mal, unos 30 rosarios”.

Dos días antes de morir, a quien le pedía que le dijera algo, respondía: “Amen a la Virgen y háganla amar. Reciten el rosario y recítenlo siempre y recítenlo cuanto más puedan”.

Una tarde, al ir a acostarse, no encontraba su rosario para rezarlo durante las horas de descanso. Entonces, le pidió ayuda al padre Honorato, diciéndole: “Dame el arma”.

El santo de San Giovanni Rotondo repetía a menudo: «Me gustaría tener una voz tan fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a Nuestra Señora. Ella es el océano que debemos cruzar para llegar a Jesús.”

El santo capuchino murió con el rosario en la mano; este fue el último testimonio que nos dejó a todos del infinito poder del rosario y de su rezo. Hasta su último aliento repitió los dulces nombres de Jesús y María, sus dos únicos amores.

San Maximiliano María Kolbe

Es, sin duda, uno de los grandes santos marianos de la primera mitad del siglo XIX. Fue canonizado por San Juan Pablo II en 1982. Es fácil descubrir en el mártir polaco a uno de los «apóstoles de los últimos tiempos» que anunció San Luis María Grignon de Monfort en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María. El beato Papa Pío IX concluía su Bula Ineffabilis Deus (08.12.1854), por la que declaró dogmáticamente que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, haciendo un acto de firme esperanza en el triunfo de la Inmaculada, que será el triunfo de la Iglesia, de modo que esta: «removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor».

Al igual que en Lourdes en 1858 la Virgen María ratificó la proclamación del dogma de su Inmaculada Concepción, esta esperanza fue rubricada por la misma Virgen María en Fátima en 1917, cuando nos prometió que: «por fin mi Inmaculado Corazón triunfará». Pues bien, aunque parece ser que San Maximiliano no llegó a conocer el mensaje de Nuestra Señora en Fátima (aunque es probable que sí conociera el hecho de las apariciones, pero no las menciona), a este triunfo le dedicó San Maximiliano toda su vida.

Nuestro santo es conocido sobre todo por su sublime ofrecimiento en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, hace justo 80 años, cuando intercambió voluntariamente su persona por la de un padre de familia, el oficial del ejército polaco, Franciszek Gajowniczek, quien había sido seleccionado junto a otros nuevos presos para morir de sed e inanición en la terrible celda del hambre, en represalia por la huida de otro preso del Lager. Recibía así San Maximiliano su segunda corona, la roja, la del martirio, un martirio de caridad, que había escogido siendo niño. La primera corona, la blanca de la castidad, la había llevado fielmente hasta ese momento, profesando un gran amor esponsal a Cristo, a la Iglesia y una piedad filial perfecta, tierna y varonil, hacia la Inmaculada. Es conocido también este episodio en el que el pequeño Raimundo (nombre de pila de San Maximiliano), según reveló su madre, María Kolbe, al poco de tener noticia de la muerte de su hijo en Auschwitz, tuvo una aparición de la Virgen María en la iglesia parroquial de Pabianice. Así, estando preocupada su madre por el futuro de sus hijos, un día le regañó a Raimundo por algo que no había hecho bien el niño: «¿qué va a ser de ti?», le dijo. Aquella pregunta le dolió al niño. Su madre no hizo caso al principio, pero empezó a notar que Raimundo se acercaba con frecuencia, sin hacerse notar, a un altarcito que tenían en casa con la imagen de la Virgen de Czestochowa y allí rezaba llorando. Se le veía serio y pensativo. Viendo aquel comportamiento, ciertamente impropio a su edad, temiendo que estuviese enfermo, su madre le obligó por fin a decirle lo que pasaba. El pequeño Kolbe, llorando, le respondió: «Mamá, cuando me reprendiste, le pedí mucho a la Virgen que me dijera lo que iba a ser de mí. Luego en la iglesia se lo volví a pedir. Entonces se me apareció la Virgen con dos coronas en la mano, una blanca y otra roja. Me miraba con cariño. Me preguntó si quería aquellas dos coronas. La blanca significaba que perseveraría en la pureza. La roja, que llegaría a ser mártir. Yo le respondí que aceptaba las dos».

En estas líneas, podemos permitirnos legítimamente una licencia literaria e imaginarnos a San Maximiliano sentado, apoyando su espalda en la pared de la oscura y hedionda celda de Auschwitz. Estaba preparando para bien morir a sus compañeros, con cantos, oraciones y alabanzas (según refirieron ciertamente los testigos), algo inaudito, que no dejó de sorprender a sus carceleros. Y es que en ocasiones anteriores los condenados a morir de hambre y sed en aquella celda agonizaban desesperados y blasfemando, llegando a beberse su propia orina, acuciados por la sed. Ahora, sin embargo, podemos tratar de escuchar el relato de su propia vida que desgrana el padre Kolbe para consolar y animar a sus compañeros de celda en aquellas interminables horas de tormento. Una intensa vida consagrada a la Inmaculada, que quedaba sellada mediante aquel sacrificio postrero.

Así, San Maximiliano pudo explicarles cómo se crio en el seno de una humilde familia de trabajadores polacos, piadosos y patriotas. Cómo ingresó siendo adolescente en el seminario de los franciscanos conventuales en Leópolis. Cómo comprendió que su vocación era consagrarse a la Inmaculada y a la Iglesia, rechazando la tentación de dejar la Orden Franciscana Conventual para enrolarse en el ejército polaco cuando estalló la Primera Guerra Mundial, abriendo la posibilidad de que Polonia recuperase la independencia anhelada. Cómo fue destinado por sus superiores a proseguir sus estudios en Roma. Cómo, impresionado por la insolencia masónica, fundó allí en 1917 junto con otros seis compañeros franciscanos la Milicia de la Inmaculada, cuyo fin estatutario era: «procurar la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., en particular de los masones; y la santificación de todos, bajo el patrocinio y por mediación de la Inmaculada» mediante la entrega de sí mismo a la Inmaculada, poniéndose como instrumento en sus manos inmaculadas, llevando la Medalla Milagrosa. A tal fin, podía emplearse todo medio lícito, según las posibilidades en los diferentes estados y condiciones de vida, si bien la difusión de la Medalla Milagrosa debía ser el medio más especial.

Seguimos escuchando la frágil pero inquebrantable voz del propio San Maximiliano, mientras va explicando cómo fue ordenado sacerdote el 28 de abril de 1919 -en la fiesta del entonces beato Luis María Grignon de Monfort- pudiendo celebrar un día después la primera misa en el altar de la aparición de la Virgen del Milagro al judío Alfonso de Ratisbonne en Sant’Andrea delle Fratte. Continúa contando cómo volvió a Cracovia en 1920, al finalizar sus estudios en Roma. Cómo se dedica a la propagación de la Milicia en su Polonia natal. No podemos perder de vista que aquel joven fraile ya estaba gravemente enfermo de tuberculosis, lo que no consiguió retener su empuje apostólico. A tal fin, lanza en enero de 1922, sin ninguna garantía financiera y confiando absolutamente en la Providencia, la revista El Caballero de la Inmaculada. En la editorial del primer número de la nueva revista, su Director, es decir, San Maximiliano, explicitaba su finalidad: «El objetivo del Caballero de la Inmaculada no consiste solo en profundizar y fortalecer la fe, indicar la verdadera ascesis y familiarizar a los fieles con la mística cristiana, sino buscar la conversión de los no-católicos, según los principios de la «Milicia de la Inmaculada». El tono de la revista será siempre amistoso con todos, independientemente de las diferencias de fe y nacionalidad. El amor que enseñaba Cristo será su carácter. Y precisamente, por ese amor a las almas extraviadas, que buscan la felicidad, tratará de impugnar la falsedad, iluminar la verdad y mostrar el verdadero camino a la felicidad».

​El Caballero irá creciendo, obligándole a los pocos meses a trasladarse y a instalar en Grodno una imprenta propia, hasta que, en 1927 decide fundar «Niepokalanów», la Ciudad de la Inmaculada, que llegaría a ser el mayor convento del mundo antes de la Segunda Guerra Mundial, con más de 700 frailes, dedicados por entero a la causa de la Inmaculada. La revista El Caballero de la Inmaculada tendría en ocasiones una tirada mensual de cerca de un millón de números. Desde Niepokalanów se promoverían otras iniciativas editoriales.

​San Maximiliano, no obstante, sin aferrarse a sus obras y respondiendo a la llamada del Pontífice Romano Pío XI resuelve partir, siempre con el consentimiento de sus superiores, hacia el Extremo Oriente, para fundar allí con algunos frailes de su Orden nuevas «Ciudades de la Inmaculada». Aunque inicialmente pretendía fundar una misión en China, termina recalando en Nagasaki, el centro del catolicismo japonés, que había logrado sobrevivir clandestinamente y sin sacerdotes durante tres siglos. A las semanas de llegar, desconociendo la lengua, logra publicar el Caballero nipón (Seibo-no-Kishi). Establece un convento, el Jardín de la Inmaculada (Mugenzai-no-Sono), que milagrosamente, años después, conseguirá salvaguardarse de la honda expansiva bomba atómica que pulverizó el centro de Nagasaki, el barrio de los cristianos de Urakami.

​Antes de que termine el primer año de su estancia en Japón, fallece en Polonia su gran colaborador, su hermano de sangre, Alfonso, a quien San Maximiliano había dejado encargado del Caballero en Niepokalanów. Los seis años de misión en Japón fueron años de un heroico apostolado entre los paganos japoneses, consiguiendo numerosas conversiones. Incluso, para ganar autoridad ante los japoneses, se deja una larga y característica barba. Con todo, en algunas ocasiones, el santo polaco tuvo que hacer frente a la incomprensión de sus hermanos de comunidad e incluso a velados motines. En dos ocasiones tuvo que volver a Polonia, viajando a veces por mar, otras en el ferrocarril transiberiano, atravesando la estalinista Unión Soviética.

El celo misionero de San Maximiliano no se reducía al Imperio del Sol Naciente. Planea y viaja hasta la India en un par de ocasiones para explorar allí la posibilidad de fundar nuevas avanzadillas de la obra de la Inmaculada – aunque en esa ocasión no lo consiguió. Como San Francisco Javier, sus cartas enviadas desde la misión eran leídas con admiración en su Polonia natal y han suscitado generaciones de misioneros.

Todavía no consolidada su fundación japonesa, en 1936 sus superiores le piden que vuelva definitivamente a Polonia, siendo nombrado guardián de Niepokalanów. Los años siguientes, hasta que estalle la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Polonia por la Alemania nazi, serán el apogeo de Niepokalanów bajo la paterna y creativa dirección de aquel «loco de la Inmaculada». No sin problemas administrativos de todo tipo, San Maximiliano proyecta incluso establecer una radio y un pequeño aeródromo, para repartir con más agilidad las publicaciones que salen de las prensas de Niepokalanów. Pero su desvelo principal lo constituyen sus frailes: a ellos les dedica horas de enseñanza, que ha quedado recogida en sus admirables conferencias, en las que profundiza en el valor de los votos religiosos, especialmente la obediencia, al servicio de Aquella, la Inmaculada, que es Madre y Reina de Misericordia. Y es que la contemplación de la Inmaculada Concepción creada, inefable personificación de la Inmaculada Concepción Increada, el Espíritu Santo, nos impele a una consagración decidida de todo nuestro ser a Ella, para que seamos «cosa y propiedad» suyas; para que nos transformemos en Ella; para que seamos «Ella misma».

Alcanzamos así el final de este relato, escuchado de los cada vez más débiles labios de San Maximiliano, que se mantiene erguido entre sus compañeros presos de celda, alguno de los cuales ya ha cruzado el umbral de la eternidad. Al Cielo iré, entona con renovada fuerza San Maximiliano, antes de proseguir con su autobiografía oral. Les cuenta al resto de sus compañeros cómo los frailes en Niepokalanów fueron preparándose espiritualmente para afrontar la inminente contienda bélica mundial, estando dispuestos a todo, menos a perder su fe en la protección maternal de la Inmaculada. Tras la invasión nazi en 1939, los frailes fueron dispersados y algunos, con San Maximiliano, hechos presos, permaneciendo detenidos en distintos campos. Serían liberados en la Solemnidad de la Inmaculada de aquel año. Volvieron a un Niepokalanów arrasado por el ocupante. En los meses siguientes, tuvieron que adaptar su actividad, ya que los alemanes no les permitieron reanudar la editorial. Solamente le autorizaron editar un único número del Caballero a finales de 1940. Necesitados ellos mismos, los frailes dieron cobijo a numerosos refugiados, incluyendo a judíos. Por fin, San Maximiliano pudo hacer realidad su sueño: instaurar la adoración perpetua – «la actividad más importante». También empezó a escribir un libro sobre la Inmaculada, pero del que solamente pudo consignar algunas notas. Precisamente, mientras estaba dictándolas, el 17 de febrero de 1941 llegó a Niepokalanów un coche de la Gestapo, para llevarle detenido a la prisión de Pawiak en Varsovia. Allí permanecería, no sin dejar constancia de su fe ante los carceleros, hasta el 28 de mayo de aquel año, cuando sería transportado a Auschwitz.

La passion de San Maximiliano en Auschwitz bien merece otro artículo especial, si bien aquella ya era bien conocida por sus compañeros de celda. Frente a los intentos despiadados de los esbirros del Campo por aplastarle y reducirlo a un ser subhumano, resplandece en todo momento la santidad del fraile franciscano, que da testimonio de su fe, esperanza y caridad, tanto ante los internados en Auschwitz, como de los bestiales carceleros, a los que también ama y perdona de corazón. Él era «un sacerdote católico», según había manifestado sencillamente pocos días antes al romper filas y acercarse al comandante del campo Karl Fritzsch para lograr convencerle de que le cambiara por el puesto de Franciszek Gajowniczek.

San Maximiliano ha terminado su narración. Con él, solo quedan otros tres presos vivos. Empieza a musitar un nuevo rosario, que reza utilizando los dedos de sus manos. Se abre la puerta. Entra en la celda Hans Bock, el enfermero-asesino, urgido por sus superiores para adelantar la muerte de aquellos agonizantes. El mismo San Maximiliano extiende su mano para recibir la inyección de fenol. Al poco tiempo expira. Según refirió Bruno Borgowiec, encargado de retirar los cadáveres, «el padre Kolbe estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con los ojos abiertos. Su cuerpo estaba limpio y radiante». Era la vigilia de la Solemnidad de la Asunción, 14 de agosto de 1941. La misma Inmaculada había recogido el alma de su noble y fiel Caballero, el preso nº 16.670. Su cadáver fue incinerado en los hornos crematorios de Auschwitz y esparcido por los campos cercanos. Había hecho realidad su ideal: «trabajar, sufrir, vivir y morir por la mayor gloria de Dios por medio de la Inmaculada» – con un carisma especial que desde entonces ha encendido de amor apasionado a tantos discípulos suyos por la Madrecita Inmaculada: «sufrir, trabajar, amar y alegrarse» con y por Ella.

Meses antes, en la fiesta de San Francisco de Asís de 1940, les había escrito a aquellos hermanos que habían tenido que salir de Niepokalanów: «La Inmaculada suscitó en nuestros corazones el amor hacia sí misma, un amor tal que nos impulsó a consagrarnos totalmente a su causa, es decir: la conquista de un creciente número de almas para su amor, o, para ser más exactos, la ayuda a todas las almas para que la conozcan y la amen, y se acerquen, a través de Ella, al Corazón Divino de Jesús, cuyo amor por nosotros lo impulsó hasta la Cruz y el Sagrario. Sin embargo, ¿Cómo podemos ser apóstoles, si precisamente en nuestra alma el amor, en vez de arder cada vez más, va apagándose poco a poco? Oremos a menudo y con fervor, cada uno por todos y todos por cada uno, para que la Inmaculada nos preserve de una desgracia semejante».

Que, siguiendo el ejemplo de San Maximiliano, patrón de nuestros difíciles tiempos, como lo proclamó San Juan Pablo II, nuestra entrega sin límites a la Inmaculada nos lleve a configurarnos cada vez más con Ella y, así, con Cristo, convirtiéndonos en verdaderos apóstoles de los últimos tiempos, nuestros tiempos.