María, Madre de Dios y modelo de fe

En el corazón de la espiritualidad cristiana brilla con especial luz la figura de la Virgen María.
Elegida por Dios para ser la madre de Jesús, María representa la entrega total, la humildad profunda y la confianza absoluta en el plan divino. Su “sí” en la Anunciación —“Hágase en mí según tu palabra”— es el eco eterno de una fe que no duda, incluso ante lo desconocido.

María no solo es madre de Cristo, sino también madre de todos los creyentes. En ella encontramos consuelo en la tribulación, guía en la oscuridad y fortaleza en la debilidad. Su presencia silenciosa pero firme en momentos clave del Evangelio —desde Belén hasta el Calvario— nos enseña que la verdadera espiritualidad no siempre se manifiesta en grandes gestos, sino en la fidelidad cotidiana. Su presencia discreta pero constante nos recuerda que la verdadera grandeza está en servir, en escuchar a Dios y en decirle «hágase» cada día.

Como intercesora, María acompaña nuestras oraciones y las presenta ante su Hijo. Como modelo, nos inspira a vivir con pureza, amor y obediencia. Y como madre, nos acoge con ternura, recordándonos que nunca estamos solos en el camino de la fe. Acercarse a María es acercarse al misterio del amor de Dios hecho carne. Es aprender a vivir la fe con confianza, a seguir a Jesús con sencillez y a acoger el Evangelio con el corazón abierto.
Que contemplar a María nos ayude a abrir el corazón a Dios, a confiar como ella confió, y a caminar con esperanza hacia la plenitud del Reino. Que nuestra espiritualidad esté impregnada de esta presencia mariana: silenciosa, fiel, y llena de amor. Bajo su amparo, caminamos con esperanza.
Los Dogmas de la Virgen María
La Inmaculada Concepción
San Maximiliano Kolbe y la Inmaculada
El de la Inmaculada es el título mariano más querido por San Maximiliano Kolbe, aunque él reconozca que es de la maternidad de María de la que brotan todas las gracias a Ella concedidas por Dios. Entre tales gracias, la Inmaculada Concepción es la primera. Pero San Maximiliano Kolbe añade que, en un cierto sentido, la Inmaculada Concepción caracteriza a María todavía más que su maternidad divina. Esta, en efecto, es un atributo externo, que indica su relación con Jesús, su misión en la historia de la salvación, mientras que la Inmaculada Concepción atañe a su íntima naturaleza, a su ser personal. María es la Inmaculada porque, ya desde el primer instante de su concepción, en su alma mora el Espíritu Santo. Y gracias a esta especial presencia del Espíritu Santo, Ella puede llegar a ser la Madre del Verbo.
A la Inmaculada el P. Kolbe quiere conformar su vida hasta transformarse en Ella, hasta consentir que Ella tome posesión de su corazón y de todo su ser sin ninguna restricción, que viva y obre en él y por medio de él. Que ame a Dios con su corazón. Y esta es también la espiritualidad que él propone al movimiento que se formó a su alrededor: la Milicia de la Inmaculada.
No se trata, sin embargo, de una actitud meramente emotiva hacia la Inmaculada, sino de un compromiso de hacer realidad la realidad espiritual y la vida de gracia de la Virgen. Se trata de una imitación de María, pero no sólo en el sentido de conocer lo que Ella ha hecho para hacerlo nosotros también, sino en el sentido bíblico de la palabra, que significa caminar con Ella, confiarse a Ella como a guía segura. Imitarla, significa entonces, coger de la experiencia de vida de la Virgen aquellos valores y aquellas actitudes que le han permitido realizar el proyecto de Dios sobre Ella, y vivirlos en nuestra vida diaria.
San Maximiliano Kolbe distingue sobre todo cuatro actitudes de María que deberían llegar a ser también los pilares de nuestra propia vida: la vida interior, la obediencia, la caridad heroica y el ofrecimiento de sí misma.
El primero es la vida interior, la escucha de la Palabra de Dios con gran fe, ya que, sin una verdadera unión constante con Dios y con María, el apostolado no es eficaz. Nos invita a imitar la oración de María y a ser, por tanto, contemplativos en la acción.
El segundo pilar es la obediencia a la voluntad de Dios. Se trata de cumplir con amor extraordinario las acciones ordinarias de la vida con sus responsabilidades.
El tercero es la caridad sin límites, que tiene que caracterizar nuestras relaciones con todos los hombres, sin hacer distinciones o acepción de personas, y con la Iglesia, a través de la obediencia a sus enseñanzas y la más auténtica comunión eclesial. Tenemos que llegar a ser, cada vez más, instrumentos de amor y de comunión.
Y el último pilar es el ofrecimiento de sí hasta el extremo. Eso implica ofrecer lo que el camino y la rutina diaria nos piden. A veces nos podrá parecer que no tenemos nada que ofrecer a María porque sentimos todo el peso de nuestras limitaciones humanas y espirituales, la incapacidad de cumplir el bien que quisiéramos, el peso de nuestro pecado. Sin embargo, es precisamente eso lo que tenemos que poner en el Corazón y en las manos de la Virgen, y Ella nos ayudará a aceptar el dolor, las pruebas y nuestra propia debilidad como medio de purificación, devoloviéndonos así la alegría y la esperanza.
Confiarse o consagrarse a María hace más fácil alcanzar la salvación eterna. Para mejor entender esta afirmación, ayuda recordar que la santidad, a la que todos los cristianos deben tender, consiste en la caridad: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). Pero el corazón del hombre, a causa de sus pasiones, de sus egoísmos y de los enemigos que encuentra durante el camino, tiene dificultad en acercarse a Dios y a amarle como Jesús nos pide. He ahí entonces el papel decisivo de María: llevarnos a Jesús, acercarnos a Él.
María es la criatura que está más plenamente unida a Dios: siempre y sólo quiere lo que Dios quiere. Por tanto, donarse y confiarse a Ella significa obtener, por su intercesión, la ayuda y la fuerza que nos hace capaces de superar todas las pruebas y tentaciones y llegar a la santidad. Se trata de una donación total, sin reservas y para siempre. Como María se donó al Padre, así los que aman a la Inmaculada se dan a Ella como propiedad e instrumento. Con el término ‘propiedad’ o ‘cosa’, San Maximiliano Kolbe quiere significar que, como las realidades materiales se gastan por el uso, así también tenemos que estar dispuestos a gastarnos por la Virgen. Con la palabra ‘instrumento’, quiere expresar el aspecto dinámico de esa donación, la disponibilidad total a lo que Ella disponga de nosotros.
©Revista HM Nº 133 – Noviembre/Diciembre 2006
Para leer mas sobre este tema:
Audiencia general de Juan Pablo II, 12 de junio 1996
Ángelus de Benedicto XVI, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 2009
La Maternidad Divina
¿Te has parado alguna vez a contemplar el Corazón de la Virgen? El amor de una madre es el que mejor puede compararse al amor de Dios.
Corazón de Madre
¿Te has parado alguna vez a contemplar el Corazón de la Virgen? Está envuelto en llamas, en fuego ardiente, es el fuego del amor que se desprende de su Corazón. El Corazón de la Virgen ama ardientemente. ¿Y sabes por qué? Porque es Madre, ¿qué amor puede compararse al de una madre? El amor de una madre es el que mejor puede compararse al amor de Dios y así nos lo dice el Señor: “¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?” (Is. 49, 15) Ciertamente que no puede, por eso sólo tenemos una madre, porque nadie nos puede amar como ella. Sí, tenemos hermanos, amigos…, pero madre… sólo una.
María dio la vida humana al Hijo de Dios. Como decía S. Agustín: “La carne de Cristo es la carne de María”. ¿Te has parado a pensar que era el mismo corazón el que da la vida al hijo y a la madre? ¡Cómo no tener devoción al Inmaculado Corazón de María!
Con ese mismo Corazón es con el que nos ama a nosotros, no puede ser de otra manera, ¡somos sus hijos! María nos ve como hijos desgraciados de Adán, pero rescatados por su Hijo y, por eso, hijos suyos. En el momento de la Anunciación, María acepta ser Madre de Dios y Madre nuestra. Ella pudo decir no. Eva tampoco tuvo pecado original y negó someterse a Dios, ambas estaban en la misma condición, pero María sí aceptó la voluntad de Dios.
Con su «Fiat», María acepta ser Madre de Dios y Madre nuestra, sabe que esa es la voluntad de Dios y no hace distinción entre una y otra maternidad. Y fíjate que la primera, la maternidad divina, es grande y sublime, mientras que la segunda, la maternidad humana, es triste, penosa, difícil.
Es en la cruz donde pública y solemnemente se convierte en Madre nuestra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).
En la cruz se cumple su «Fiat», en el sufrimiento y sacrificio acepta su maternidad, ¡acepta ser madre! ¿Eres digno de tal Madre? Piensa que no tiene sentido, ni es justo, exigir a María que nos ame con corazón de Madre y que nosotros no le correspondamos con un corazón de hijos. ¿No es monstruoso no amar a tu madre terrena? ¿No es más monstruoso aún no amar a tu Madre del Cielo que Dios te ha dado?
No seas tonto y acércate a su corazón, pídele que te inflame en su amor, caliéntate con el fuego de su corazón.
Para leer más sobre este tema:
«La maternidad divina de María», Audiencia general de Benedicto XVI, 2 de enero de 2008
«Ahí tienes a tu madre», Mensaje de Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud
La Virginidad Perpetua
En estas pocas palabras del Credo: “Nació de Santa María Virgen”, se contienen los dos diamantes en los que brillan todos los demás títulos de María: la Maternidad divina y la Virginidad perpetua.
El segundo de estos privilegios concierne especialmente a los miembros del Hogar, porque se nos ha concedido como don y como misión el defender el honor de Nuestra Madre, especialmente en su virginidad.
¿Qué debemos hacer para llevar a cabo esta misión? En primer lugar, deberíamos empezar por conocer, amar y hacer amar la virtud de la virginidad, que fue ciertamente la más querida, más buscada y más custodiada por la Santísima Virgen. Pero no es menos importante, a otro nivel, defender con la palabra del Magisterio de la Iglesia este privilegio con que Dios honró a su Madre, del que no pocos se mofan y del que otros casi se podría decir que se avergüenzan. Y es que es una de esas verdades que “el espíritu moderno” ha convertido de soberanas en cenicientas.
«Contemplar esta virginidad de la Virgen María es entrar en un misterio totalmente insondable, en una perfección de amor que no tiene término de comparación por el que podemos entenderlo».
Toda verdad que la Iglesia define como contenida en la Revelación, se puede hallar en el depósito de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
En lo que respecta a la virginidad antes del parto, es fácil encontrarla expresada en la Escritura. Que María era virgen en el momento de la concepción de Cristo nos lo dice expresamente san Lucas con las palabras “el ángel Gabriel fue enviado… a una virgen” (Lc. 1, 26-27). Que la concepción de Cristo fue virginal se afirma también más adelante cuando a la objeción de María (“¿Cómo será esto pues no conozco varón?”). El ángel le indica el modo virginal de la concepción: el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios” (Lc. 1, 35). Que no hubo ninguna relación carnal antes del nacimiento de Jesús se desprende del pasaje de san Mateo: “Y sin que (José) la conociera, Ella (María) dio a luz un hijo al que él puso por nombre Jesús” (Mt. 1, 25). Es sabido que la expresión hebrea “sin que la conociera” significa precisamente “sin que José se uniera a Ella”.
Bastan estos textos para probar qué clara es la doctrina del Nuevo Testamento en este punto.
Si recurrimos al testimonio de la Tradición, a los Santos Padres, nada tiene de extraño que encontremos enérgicas afirmaciones de la Virginidad de María antes del parto, frente a las primeras negaciones de paganos y herejes. Estos últimos no consiguieron hacer gran mella en la fe de la Iglesia, que tan sólidamente expresaba que Cristo “fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen” desde los primeros símbolos de fe.
OBJECIONES Y RESPUESTAS
¿Qué responder si oigo decir que…?
– «La narración de la concepción de Jesús que leemos en los Evangelios es una especie de fábula, un mito semejante a los mitos de la época, que eran inventados para ensalzar a sus héroes.»
Es cierto que en los mitos de la Grecia antigua se cuenta que algunos de sus héroes nacieron no de padre humano, sino fruto de la unión carnal de los dioses con mujeres. Ya en el s. II, el judío Trifón decía que en el relato evangélico reaparecía este tipo de mito por influencia del mundo helenístico.
Pero hay fundamentalmente dos razones por las que no se sostiene esta teoría. La primera es que no se puede olvidar que a la mentalidad judía le repugna enormemente todo aquello que va contra la trascendencia de Dios y contra el monoteísmo. ¿Cómo hubieran podido inventar una historia semejante a los mitos griegos mezclando en ella a Yahvé, cuyo rostro nadie podía mirar y quedar con vida?
La segunda razón se refiere al modo mismo de la concepción. Una concepción virginal, con total exclusión de varón, es algo sin precedentes en la mitología griega, no puede por tanto estar inspirada en ella. Nada tiene que ver la burda idea de una relación carnal entre dioses y mujeres y la afirmación cristiana con su insistencia en la virginidad.
«Los judíos acusaban a los primeros cristianos diciendo que Jesús era hijo ilegítimo de María. Los evangelistas inventaron la concepción virginal de María para salvaguardar el honor de Madre e Hijo.»
Esta acusación existió en los primeros siglos del Cristianismo. Pero no es tan antigua como para que llegaran a conocerla los evangelistas. No pudieron, pues, intentar reaccionar contra ella.
Es claro que los evangelistas no recurrieron a la Virginidad de María ni para suscitar admiración por Cristo ni mucho menos para cubrir la deshonra que algunas mentes turbias veían en su Santísima Madre. En su reato se ciñeron, más bien, a lo que conocían por información de la Virgen. La misma sencillez y sobriedad de sus palabras, sin ampulosidades, sin notas disonantes, es una prueba y por cierto nada desestimable de la veracidad con que escribieron.
Para leer más sobre este tema:
María, siempre virgen, Audiencia general de Juan Pablo II (28 de agosto de 1996).
La Asunción
La Virgen, elevada a la Jerusalén celestial, «prosigue su obra junto al Rey de la gloria, como abogada nuestra y dispensadora de los tesoros de la redención».
La Asunción de la Santísima Virgen al Cielo
«En el corazón del mes de agosto, la liturgia celebra con solemnidad la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo. Este es un día de esperanza y de luz, porque todos los hombres, peregrinos en la tierra, pueden vislumbrar en María «el destino glorioso» que les espera.
Hoy contemplamos a la Esclava del Señor envuelta en un resplandor regio en el Paraíso, adonde nos ha precedido también con su cuerpo glorificado. La contemplamos como signo de esperanza segura. En efecto, en María se cumplen las promesas de Dios a los humildes y a los justos: el mal y la muerte no tendrán la última palabra.
Amadísimos hermanos y hermanas, por más oscuras que puedan ser las sombras que a veces cubren el horizonte, y por más incomprensibles que resulten algunos acontecimientos de la historia humana, no perdamos jamás la confianza y la paz. La fiesta de hoy nos invita a confiar en la Virgen María que, desde el Cielo, como estrella resplandeciente, nos orienta en el camino diario de la existencia terrena.
En efecto, la Virgen, elevada a la Jerusalén celestial, «prosigue su obra junto al Rey de la gloria, como abogada nuestra y dispensadora de los tesoros de la redención» (Prefacio de la misa de Nuestra Señora de la Merced). María ayuda a comprender que sólo su Hijo divino puede dar sentido pleno y valor a nuestra vida. Así alimenta en nosotros «la esperanza en la meta escatológica», hacia la que estamos «encaminados como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia» (Rosarium Virginis Mariae, 23).
¡Virgen Madre de Cristo, vela sobre la Iglesia! Haz que un día también nosotros podamos compartir tu misma gloria en el Paraíso, donde «hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre» (Antífona de entrada de la misa vespertina de la vigilia).
¡Alabado sea Jesucristo!
(Juan Pablo II, 15 de Agosto de 2003)
Para leer más sobre este tema:
Homilía de Juan Pablo II en la Solemnidad de la Asunción, 15 de agosto de 1999
Ángelus de Benedicto XVI en la Solemnidad de la Asunción, 15 de agosto de 2008